Hijos míos, gracias por reunirse aquí en oración y gracias por atender Mi llamado en sus corazones.
Hijos míos, conozco sus corazones y sus necesidades.
Sé que necesitan milagros, los cuales ocurren solo a través de la fe. Miríadas de gracias fluyen hacia ustedes como un arroyo, pero les pido: no levanten muros; permitan que lleguen a ustedes. La condición para recibir estas gracias es tener fe, esperanza y amor en sus corazones, y creer en la misericordia de Dios.
Recuerden que tienen libre albedrío, así que escuchen a su corazón para entender cuál es el camino correcto a seguir.
Deseo su paz mental.
Ahora los bendigo, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Reflexión sobre el mensaje:
¿Qué diríamos si alguien nos ofreciera un ramo de flores viejas y marchitas? Que hubiera sido mejor no dárnoslo, porque nos ofende.
Lo mismo ocurre con la mayoría de nuestras oraciones, que no son escuchadas porque nuestro espíritu está agobiado y contaminado por la hipocresía, el odio y la lujuria. Estos son los muros de los que habla Nuestra Señora.
Podemos engañar a las personas pero no a Dios, quien conoce nuestros corazones.
Nuestra Señora pide caridad, sin embargo, estamos llenos de odio hacia todos y de egoísmo. Esta es la primera condición esencial para ser escuchados por el Cielo: no albergar en nuestros corazones el odio que mata al amor.
Nuestra Señora pide misericordia: ¿cómo podemos presentarnos ante Jesús, que es Misericordia, cuando no somos misericordiosos con quienes nos han hecho daño?
Nuestra Señora pide fe y esperanza: debemos despojarnos de las máscaras que usamos; tener fe significa obedecer los deseos y la voluntad de Dios, sin embargo, tanto en asuntos grandes como pequeños, desobedecemos a Dios.
La esperanza es desear y esperar la vida eterna de parte de Dios como Su regalo de felicidad, mientras que nosotros o bien desesperamos, o presumimos salvarnos por nuestra cuenta, o nos entregamos a la superstición y la magia.
Finalmente, ¿con qué frecuencia nos permitimos ser consumidos por los deseos excesivos de la carne, de la mente o del corazón?
Preferimos una fuente pútrida y estancada alimentada por Satanás a ese torrente de gracias, solo por una breve satisfacción terrenal.
Son nuestras propias acciones las que neutralizan la obra de Jesús, quien ya no puede realizar milagros debido a estas fuerzas opuestas que actúan dentro de nosotros.
Usemos nuestro libre albedrío con sabiduría, sugiere Nuestra Señora, y solo de esta manera podremos tomar las decisiones correctas —aquellas que traen paz al corazón y no dejan un regusto amargo ni un velo de inquietud en el alma.
Fuente: ➥ LaReginaDelRosario.org